Recuerdo
hace poco más de cinco años, era mi primer día en Ciudad Guzmán, lugar al que
había llegado con el firme propósito de estudiar la licenciatura en psicología
en el CUSur, era tarde y estaba pensando en lo que me esperaría en el curso de inducción
a la mañana siguiente, mi compañero de casa me dijo: Deja de pensar tanto, sal
a dar la vuelta, a una cuadra queda una cancha de Basquetbol y a tres un
parque, tomas mi balón y vas, después de pensarlo, me animé a ir.
Al regresar vi afuera de mi casa a
un sujeto, vestido de negro, con botas tipo militar, cabello largo y pulseras
metálicas, el tipo estaba agachado, tenía una cerveza a un lado, me acerqué con
miedo, era un desconocido, lo saludé, el tipo respondió preguntándome si me
gustaba el basquetbol, le dije que era un deporte que practicaba de niño, el
tomó el balón, yo le pregunté si esperaba a alguien, él me dijo que a un amigo
para ensayar, mencionó que se dedicaba a la música, era un rockero, platicamos
un poco de la vida, le dije que no era de Guzmán y que estudiaría psicología
todo con el fin de seguir una charla, él se presentó, me dicen “Cholotzin”,
entonces dije “Soy el Pandi”.
Él me platicaba de su ideología,
definitivamente era un tipo que tenía conocimientos de música y filosofía, una
persona que quizás pase desapercibida para muchos por su forma de vestir, pero,
para mí no, él estaba decepcionado de la sociedad en la que vivía, no se
quejaba de la falta de alimento, sino de la forma en la que tratamos a la gente
que está a nuestro alrededor, discriminamos a los individuos y esto hace que
cada día nos hundamos, esa era su ideología, error en el que caí al principio,
lo juzgue a primera vista por su forma de vestir, su aspecto cabizbajo y quedé
maravillado con tan sólo unos minutos que platicamos.
Es difícil dar un diagnostico de él,
ya que sólo fueron unos minutos de convivencia, lo que si admiré, era su forma
de quejarse de la sociedad, consistía en hacer lo que le gustaba, detalle a mi
parecer admirable, ya que sublimaba su coraje mediante la música, que quizás
inició como un hobbie y más adelante se convirtió en su modo de vivir.
Algo que me dijo es que el no miraba
a los ojos a las personas por miedo a decepcionarse de ella, por temor a
descubrir la máscara que hay en su interior y de hecho siempre estuvo agachado
mientras platicábamos, lo cierto es que me pasó su número de celular, me invitó
a un concierto de rock donde tocaría con su banda de cuyo nombre no me acuerdo,
nunca me comunique con él, aunque recuerdo sus palabras “el hecho de
arriesgarse en todo momento y ser fiel a tus sueños e ideales es lo que te hace
autentico”.
Desconozco como fue su vida, quizás
fue dura, pero al final no importa lo que pasó, él es él y punto.
Han pasado varios años desde aquel
encuentro, a veces lo veo, pero su estilo ha cambiado, a veces anda con
pantalón y camisa de vestir, toca algunas canciones bohemias en los camiones,
lo saludo, él no sabe quién soy, a veces me dan ganas de decirle soy “El Pandi”
te acuerdas, pero al final pienso, no creo importe, lo que sí, es que lo conocí
y punto.
Fernando Moreno/ Bajo el Volcán.
FeR


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